La Conferencia de Medellín: Una recepción del Concilio Vaticano II en América Latina

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La Conferencia de Medellín: Una recepción del Concilio Vaticano II en América Latina

Han pasado 40 años desde que se realizó en Medellín (Colombia), la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. El documento de Medellín es un punto de partida y una perspectiva para la aplicación del Concilio Vaticano II, y con ello podemos decir, que ha sido el inicio de una tradición que continúa haciendo camino, en la fidelidad al Evangelio de la justicia, del amor y de la paz.

Pero, ¿qué fue lo que ha convertido a la asamblea episcopal de Medellín en un punto de referencia que, después de cuarenta años, no deja de lanzar luces sobre nuestra realidad eclesial? Para responder a esta pregunta, debemos de recordar algunos puntos importantes que llevó al Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) a examinarse y, que nos lleva a reflexionar sobre aquella reunión de 1968 que será el punto de partida para la renovación liberadora de la Iglesia Católica en América Latina.

 

Una de nuestras primeras reflexiones la podemos encontrar ya en la introducción de los dieciséis documentos, donde los obispos expresan que «nuestra reflexión se encaminó hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II, de acuerdo con el lema señalado para esta Conferencia»[1], en este sentido, la Iglesia Latinoamericana quiere ser una brújula segura en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II, en medio de una situación de pobreza e injusticia.

 

En América Latina se hace eco de aquellas palabras que pronunciara el Papa Juan XXIII en los preparativos del Concilio «la Iglesia se presenta cual es y quiere ser, como la Iglesia de todos, y particularmente la Iglesia de los pobres»[2].

 

Antes de empezar en la reflexión de lo que ha sido el Documento de Medellín, como fruto de una recepción creativa del continente latinoamericano a las disposiciones del Sagrado Concilio Ecuménico Vaticano II, realicemos un pequeño recorrido en lo que ha sido el pasar de la Iglesia en este continente de la esperanza.

 

 

Un antecedente inmediato: Río de Janeiro

 

A lo largo de la historia hispánica de América Latina, la Iglesia siempre ha estado presente en el trabajo pastoral de esta nueva tierra, y de la misma manera como se realizaba en la Iglesia Europea las asambleas sinodales, en América se realizaron algunos sínodos diocesanos y provinciales[3] que fueron una expresión más orgánica de la colegialidad episcopal. Esto debido a que en estas tierras se produjo una rápida organización de las Iglesias locales, es por esta razón, la temprana actividad sinodal[4]. Entre estas asambleas episcopales se debe de destacar el III Concilio Limense celebrado en 1582-1583 en tiempos de Santo Toribio de Mogrovejo, y el III Concilio Mexicano realizado dos años más tarde en 1585. Ambos tenían como horizonte común la aplicación del gran Concilio de Trento a las realidades del Nuevo Mundo.

 

Sin embargo, en la tradición eclesial latinoamericana con respecto a las Conferencias Generales del Episcopado se inició, con la I Conferencia convocada por el Papa Pío XII que se celebró en Río de Janeiro en 1955. Fruto de aquella Conferencia fue la creación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En este sentido, Roma aceptaba la idea de que los obispos de esta región del mundo se reunieran para reflexionar y estudiar en conjunto los problemas comunes que afectaban a las Iglesias de América Latina. Es así que los prelados reunidos, bajo la presidencia del Vaticano, trataron con urgencia tres temas centrales: la escasez del clero; la necesidad de una adecuada instrucción religiosa para nuestro pueblo; y la urgencia de promover un auténtico y evangélico compromiso social[5].

 

La Conferencia de Río de Janeiro, que no obstante se había celebrado siete años antes del inicio de la asamblea conciliar ya se inscribe en el dinamismo que se cristalizó en el Concilio. Como señaló el Cardenal Antonio Samoré, «la reunión de Río de Janeiro se reveló perfectamente conciliar en muchas de sus determinaciones: conciliar “ante litteram”. De ahí la vitalidad de esa Asamblea»[6]. Por lo que la conferencia de Río de Janeiro expresa una visión de la fe y de la vida de la Iglesia en América Latina con una particular atención al pontificado y a las enseñanzas del Papa Pío XII.

 

Dirán los Obispos reunidos en Puebla con ocasión de la III Conferencia que «hoy, principalmente a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha ido renovando con dinamismo evangelizador, captando las necesidades y esperanzas de los pueblos latinoamericanos. La fuerza que convocó a sus Obispos en Lima, México, San Salvador de Bahía y Roma, se manifiesta activa en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano en Río de Janeiro y Medellín, que activaron sus energías y la prepararon para los retos futuros» (Puebla 11).

 

 

De Río a Medellín

 

El sorprendente anuncio del Papa Juan XXIII de convocar a un nuevo Concilio en la Iglesia, de alcance ecuménico, dejó perplejos a muchos[7], a la vez que en aquella época, en las Iglesias de América Latina se comenzaban a poner en prácticas aquellas disposiciones que se habían emanado de la reciente Conferencia de Río. Sin embargo, se inauguraba un nuevo período para la Iglesia y con ello sería una nueva etapa en la Iglesia Latinoamericana, por lo que no es difícil de afirmar que «así como el Tercer Concilio Limense fue el Concilio de Trento Americano, la Segunda Conferencia General de Medellín deviene el Concilio Vaticano II Americano»[8].

 

 

De Río al Concilio Vaticano II

 

Después de la Conferencia de Río de Janeiro, en América Latina se ha vivido diferentes cambios de tipos religiosos, políticos, económicos y sociales[9]. A la vez que ha tenido el gran problema de la expansión demográfica y de la migración interna[10], donde los países, especialmente las grandes ciudades, no han estado preparados para recibir un número tan grande de personas dando paso un nuevo orden en el ambiente creando los grandes problemas que ha aquejado a las sociedades latinoamericanas. La creciente industrialización en la región, marcó en la sociedad una creciente desigualdad.

 

En medio de esta situación, la Iglesia latinoamericana quería responder con las exigencias del Evangelio, como decían los obispos reunidos en Río que

 

«el panorama social que presenta el Continente latinoamericano nos permite advertir que, no obstante el cúmulo de bienes que la Providencia ha depositado en él para beneficio de sus pobladores, no todos disfrutan efectivamente de tan rico tesoro, ya que muchos de sus habitantes —especialmente entre los trabajadores del campo y de la ciudad— viven todavía en una situación angustiosa. Tan deplorable condición de vida material, que pone evidentemente en peligro el bienestar general de las naciones y su progreso, repercute forzosa e inevitablemente en la vida espiritual de esta numerosa población. De un modo especial observamos la honda y rápida transformación que se verifica en las estructuras sociales de América Latina, a causa del intenso proceso de industrialización, y nos preocupa la necesidad de que el pensamiento cristiano, tan a menudo ausente de ella, la informe y anime»[11].

 

Sin embargo, a pesar de la labor de la Iglesia, América Latina vivió muchos acontecimientos que han marcado la vida de esta región, así en estos años se tiene presente la revolución cubana realizado por Fidel Castro y Ernesto Guevara en 1959 y por consiguiente el radicalismo autoritario del gobierno del norte; con todo ello, se da todo un fracaso en las políticas de desarrollo[12], tanto sociales como económicas, que van empujando a la gran región a un empobrecimiento de la población, no sólo material sino cultural. La situación tuvo su punto más dramático en la llamada «Crisis de los mísiles» del año 1962, que llevó a la humanidad a estar más cerca de una nueva guerra mundial. Entre estos acontecimientos, se siente la llamada al Concilio Ecuménico Vaticano II, que desde su decisiva convocación por el Papa Juan XXIII, se quería dar paso a una nueva manera de vivir el cristianismo.

 

 

El Concilio Vaticano II

 

El Concilio Ecuménico Vaticano II ha sido un renovación al interno de la Iglesia, «reproponiendo los contenidos evangélicos esenciales a la humanidad de acuerdo con criterios de pastoralidad y de puesta al día (aggiornamento)»[13], así al final de la misma se tenía la sensación de encontrarse con una Iglesia distinta, rejuvenecida, cercana y llena de esperanza ante los diversos problemas existentes en el mundo que lo rodeaba, que a pesar de las dificultades que encontró en su entorno, supo demostrar la creatividad de la evangelización en los diversos ámbitos. Es por ello, que gracias a este Concilio los diversos episcopados del tercer mundo, especialmente de América Latina, tuvieron progresivamente espacios, no sólo en las sesiones conciliares, sino que en la recepción del Concilio en sus respectivas zonas. En este sentido «el giro realizado por el Concilio fue la salida del periodo de la contrarreforma y la época constantiniana hacia un tiempo nuevo y complejo que en definitiva anticipó»[14].

 

 

Un Concilio renovador

 

Cuando el Papa Juan XXIII convocó el Concilio, se creó un sentimiento de sorpresa y de esperanza en toda la Iglesia, ya que ella iba a significar un giro en la forma de mostrarse hacia el mundo, pero también a sí misma. Hubo un vivo interés por el Concilio[15], una expectativa de lo que significaría el clima conciliar para la renovación de la Iglesia, así lo señalaba el Papa al clausurar el primer período del Concilio que «la Santa Iglesia, firme en la fe, robustecida en la esperanza y más fervorosa en el amor, florezca con un cierto vigor nuevo y joven; y que, provista de leyes santas sea más eficaz y libre para extender el Reino de Cristo»[16].

 

El Concilio Vaticano II, es un concilio de renovación de la Iglesia que ha dirigido su mirada hacia su origen como también hacia el mundo contemporáneo, al que quiere presentar su misión evangelizadora y la esperanza que Dios otorga a la humanidad. Así el Concilio llamando vivamente a la vuelta de las fuentes quiere ser cercano al mundo, ya que «el Espíritu Santo ha preservado a la Iglesia mediante estos concilios, permitiendo que, los cristianos permanecieran en contacto con sus raíces y que, al mismo tiempo, crecieran, se desarrollaran y se adaptaran a lo largo de la historia»[17]; es así que la Iglesia se muestra al mundo con una ardua labor pastoral en la fidelidad de la verdad doctrinal[18].

 

Este Concilio tuvo una fuerza renovadora en la Iglesia, que ha sido de vital importancia, ya que ha sido un reflexionar sobre sí misma[19], es decir, de dónde viene y a dónde va; esto ayudó a que se dejara de lado «la imagen de la Iglesia como sociedad perfecta, permitiendo recuperar la naturaleza comunitaria de la Iglesia a todos los niveles»[20] porque la Iglesia se forma en la fe, en la comunión y en el servicio (diakonía).

 

 

La Iglesia después del Concilio

 

Aunque como dice el Documento de Aparecida, que «lamentamos, sea algunos intentos de volver a un cierto tipo de eclesiología y espiritualidad contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II, sea algunas lecturas y aplicaciones reduccionistas de la renovación conciliar» (Aparecida 100,b), sin embargo, ello confirma lo que ha representado el Concilio, el kairós en la Iglesia, porque la fuerza renovadora fue «superar la etapa del eclesiocentrismo y sobre todo, el redescubrimiento de las otras dimensiones de la vida cristiana»[21].

 

Hay que recordar que el Concilio al hablar de la Iglesia afirma que ella es Pueblo de Dios (cf. LG 9), una declaración que está lejana de aquel concepto más jurídico e institucional[22]; germinaba así una nueva imagen de la Iglesia. En esta afirmación se encuentra el misterio de la Iglesia, que es la comunión (koinonía) de este pueblo, la cual realiza además la definición de la Iglesia como sacramento de salvación[23], «esta comunión que el Vaticano II vería “a semejanza de la Trinidad” es ante todo una relación horizontal»[24]. No obstante, en el período post-conciliar, la Iglesia se verá ante la galopante secularización de la sociedad[25], sin embargo, ello no fue dificultad de realizar creativas formas de presentar la novedad del Concilio.

 

Al rescatar su raíz trinitaria, la Iglesia en el Vaticano II va a concebirse como comunión de una clase única de cristianos que son los bautizados, entre los cuales, en la diversidad de ministerios hay una igualdad en dignidad entre todos, ya que forman un único Pueblo de Dios[26]. Con esto, la finalidad de la misión deja de ser el establecimiento de la Iglesia, para ser el testimonio y el anuncio gratuito del Evangelio, cuya acogida redunda en la comunión con Dios de todos los seres humanos.

 

El nuevo enfoque misionero del Vaticano II se debe, en última instancia, a la superación del eclesiocentrismo reinante durante más de un milenio. Su implicación principal fue el eclipse del Reino de Dios en la auto-percepción de la Iglesia que, de “intermediaria” de la salvación que trajo Jesús a todo el género humano, pasa a presentarse como un fin. En esta perspectiva la misión, en vez de buscar la encarnación del Evangelio, consistirá en el establecimiento de la Iglesia. Evangelizar es salir fuera de la Iglesia, para traer a las personas dentro de ella.

 

 

Opciones básicas del Concilio Vaticano II

 

«Porque el Hijo del Hombre vino, no para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por una multitud» (Mc. 10,45). Así, partiendo de esta actitud fundamental de Jesús, que anuncia y realiza en su persona el Reino de Dios en el servicio del mundo, la Iglesia se presenta con un nuevo aire frente a las diversas necesidades del hombre y de las sociedades en la cual vive, es por ello que se puede afirmar que los principales aportes del Concilio son los siguientes[27]:

 

 

La Primacía de la Palabra de Dios

 

Se valorizó la Palabra en las liturgias, en las celebraciones y en todas las actividades religiosas, buscando adaptarla a las necesidades de nuestro tiempo[28] y hacerla más comprensible[29], cercana a todos y en la que participen plenamente en ella (cf. SC 21). Esto llevó a un interés por lo bíblico, recuperando la importancia del texto sagrado (SC 24) en la vida de la Iglesia.

 

La afirmación de la Iglesia Pueblo de Dios

 

Una renovada comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios (cf. LG 9), que marcha peregrina (cf. LG 8) a la casa del Padre. Aconteció una «revolución copernicana» en la concepción de la Iglesia. En vez de partir de la jerarquía para definirla[30], se afirmó el hecho fundamental: somos todos iguales por los sacramentos (cf. LG 11) y sobre todo en la participación de la Eucaristía.

 

 

La valoración de los Laicos[31]

 

Al definirse la Iglesia como Pueblo de Dios, el laico adquirió en ella su verdadero lugar, con amplio espacio de iniciativa, libertad, participación, gestación de espiritualidades propias que son «ocasiones para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación» (AA 6b). Esta fue la valoración del papel de los laicos en la Iglesia (cf. AA 1) y de su protagonismo en la evangelización y en la construcción del Reino en la sociedad humana (cf. AA 7e).

 

 

Una nueva relación de la Iglesia con el mundo

 

La apertura al mundo, por la que confesó en la Constitución Gaudium et Spes la íntima sintonía de los cristianos de hoy «en el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo» (GS 1), es donde la Iglesia se ve a sí misma como servidora de la humanidad y sacramento de salvación (cf. LG 48) para todos los hombres y mujeres. Modificó la actitud básica frente a los problemas del mundo moderno. El Concilio reconoció la justa autonomía de las realidades terrestres y temporales (cf. GS 36).

 

 

El impulso misionero

Para el Concilio, la misión de la Iglesia se sitúa en el corazón del plan salvífico de Dios, y con ello afirma que la Iglesia es por naturaleza misionera[32], en ese sentido, el Pueblo de Dios debe asumir la responsabilidad que le corresponde (cf. AG 5). En esta acción misionera se opta por el ser humano (cf. AG 8).

 

 

La opción por el pobre

 

El nuevo impulso misionero, que realiza la Iglesia en las culturas y sociedades, para así evangelizar desde ellas y llevarlas a la plenitud del Evangelio (cf. LG 17), hace que ella continúe la misión misma de Cristo (cf. GS 3), sirviéndolo en el ser humano especialmente los pobres en donde «se preocupa de aliviar su miseria y buscar servir a Cristo en ellos» (LG 8). En este sentido, el Vaticano II llama a ser una Iglesia de los pobres para ser la Iglesia de todos.

 

 

El Diálogo Ecuménico[33]

 

Un diálogo abierto y sincero con las demás confesiones cristianas, con las demás religiones y con todos los hombres de buena voluntad. En este sentido hay un cambio de actitud, y la Iglesia reconoce la riqueza del patrimonio oriental (cf. UR 15) y la herencia cristiana surgida de los movimientos de reforma protestantes[34].

 

 

Del Concilio Vaticano II a Medellín

 

A diferencia de lo sucedido en la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (realizado en Río de Janeiro en 1955) donde la Santa Sede preparó y realizó en todas sus partes la Conferencia, en este nuevo encuentro, sería el CELAM quien se empeñará en preparar y orientar los temas, la mecánica de trabajo y la elección de los conferencistas con la aprobación de la Santa Sede[35]. Los antecedentes inmediatos de esta Conferencia se pueden situarse hacia el otoño de 1965 cuando el Concilio Vaticano II estaba a días de clausurarse. En ese momento el Papa Pablo VI reunió a los obispos de América Latina que participaban en el Concilio, con motivo del décimo aniversario de la creación del CELAM. En esa reunión el Papa exhortó a los ahí presentes a sensibilizarse y asumir una visión crítica frente a los problemas que agitaban a América Latina como un requerimiento indispensable para la acción pastoral de la Iglesia en esas regiones[36]. Sería, pues, en ese ambiente que el entonces presidente del CELAM, Don Manuel Larraín (obispo de Talca, Chile) concebiría la idea de una reunión episcopal latinoamericana para ver la realidad del continente a la luz del Vaticano II y que éste «no pasará al lado de la Iglesia latinoamericana». La iniciativa fue bien acogida e implícitamente animada por Pablo VI, situación que conduciría a la preparación formal de ese evento[37].

 

La decisión de celebrar una segunda Conferencia se fraguó al calor del Concilio Vaticano II, lo que permitiría la adaptación del Concilio a la realidad de la Iglesia en América Latina. Así pues, Medellín nació, se preparó y se realizó como fruto de una coincidencia histórica de dos hechos significativos: primero, el impacto histórico, renovador, del Concilio Vaticano II; segundo, los comienzos del CELAM, que había sido creado en 1955 en Río de Janeiro en el marco de la primera Conferencia y que ayudó a moldear, incluso antes del Vaticano II, la fisonomía de una identidad eclesial latinoamericana como misterio de comunión al servicio del pueblo de Dios. Estos dos hechos constituyeron el fértil terreno que hizo madurar el fruto de Medellín.

 

Luego de la reunión ordinaria del CELAM en Mar de Plata se solicitó en mayo de 1967, a Roma que convocara la Conferencia, al mismo tiempo que se sugirió como sede la ciudad de Medellín. En julio de 1967 se recibió la aprobación y comenzaron los preparativos, a la vez que se aprobó también el tema de la misma: «La presencia de la Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Vaticano II», tema cuasi propuesto por el Papa Pablo VI en la reunión con los obispos latinoamericanos en 1965[38].

 

Así, pues la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano sería inaugurada por el Papa Pablo VI el 24 de agosto de 1968 y se clausuraría el 6 de septiembre del mismo año. Si se compara con el Concilio Vaticano II la Asamblea de Medellín no fue muy numerosa: apenas un poco más de doscientos asistentes[39] donde además de los obispos hubo dos categorías de participantes: miembros efectivos con voz y voto (6 presbíteros delegados de las Conferencias Episcopales, 22 miembros nombrados por el Papa y los presbíteros miembros de la Junta Directiva de la Conferencia Latinoamericana de Religiosos – CLAR); y miembros simples, participantes con voz pero sin voto (secretarios ejecutivos del CELAM, miembros no sacerdotes de la junta directiva de la CLAR, presbíteros, religiosos(as), laicos(as) invitados en calidad de expertos y observadores no católicos[40]).

 

Los puntos luminosos vividos en el Concilio Vaticano II, iluminarán en Medellín la irrupción histórica de los pobres como un apremio del Espíritu a las Iglesias del continente. Ir al mundo humano a evangelizarlo con el Espíritu de Jesús, era entrar en el submundo de las mayorías pobres como «Iglesia Madre de los pobres». Hay que recordar que el Papa Pablo VI había exhortado a los obispos a asumir como Iglesia el desafío que «América Latina presenta una sociedad en movimiento, sujeta a cambios rápidos y profundos»[41], porque la población está cada vez cobrando una concientización de sus diversos problemas y condiciones de vida[42].

 

En este discurso, el Papa exhorta a los obispos que «la fe del pueblo latinoamericano debe alcanzar mayor madurez»[43], y les animó a orientar la evangelización de manera que «transformando las parroquias especialmente en verdaderas y auténticas comunidades eclesiales ninguno se sienta extraño, y en el cual todos son parte integrante»[44], pasando así a una «acción social» en donde la Iglesia debe asumir su responsabilidad para lograr un sano orden de justicia social para todos[45].

 

 

Medellín una inspiración de las reformas del Concilio

 

Es preciso recordar que el Concilio fue el principio inspirador e iluminador de esta Conferencia, con miras sobre todo a su aplicación en nuestro continente; el enunciado del tema, acogido después como título de los documentos resultantes, lo expresa claramente «La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II». Es en este sentido que la fuerza y la novedad fue iluminada ampliamente por los documentos del Concilio, especialmente a través de la Constitución pastoral Gaudium et Spes y de la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium. Con la creación del CELAM, aunque todavía se encontraba en su etapa inicial, se contaba ya con una caja de resonancia y un motor al servicio de pueblos unidos por la Iglesia, con la viva conciencia de su responsabilidad histórica en el anuncio profético del Evangelio[46].

 

Otro elemento, no menos importante, que va a determinar la convocatoria, preparación, desarrollo y conclusiones de la II Conferencia lo constituye la situación social, política y económica de los pueblos de América Latina en ese entonces[47]. La miseria y la marginación de grandes masas se consideraba fruto de las injusticias y desigualdades, y producía serios interrogantes a la acción pastoral de la Iglesia que demandaba respuestas decisivas[48]. A la par que varias naciones sufrían el impacto y el desgaste de guerrillas de signo ideológico marxista[49], alentados por la experiencia de la revolución cubana. Por otra parte, en el seno mismo de la Iglesia, particularmente en América Latina, había sido considerable el impacto de la encíclica del Papa Pablo VI, «Populorum Progressio», de tanta apertura social, que condenaba severamente tanto al marxismo como al capitalismo y sus concepciones acerca del hombre y del desarrollo, y que propugnaba el concepto de desarrollo integral, fundado en una concepción del hombre basada en una antropología coherente y con mucha solidez teórica y doctrinal, muy diversa de la pobreza conceptual que deriva de las ideologías; esto daba consistencia a la doctrina social de la Iglesia que tanta relevancia había adquirido en esos años.

 

Es en medio de estas situaciones en que vive el continente, que los obispos asistentes a la asamblea deliberaron con la ayuda de expertos durante por casi dos semanas sobre el papel de la Iglesia en esta región mayormente cristiana. La metodología seguida en Medellín fue de gran importancia, se abría un nuevo esquema mental basado en el ver, juzgar y actuar. Se comenzó con la reflexión sobre los signos de los tiempos en América Latina[50], para pasar enseguida a una lectura teológica de los mismos y a sus consecuencias pastorales, así lo expresaban los obispos en «que estamos en una nueva era histórica, ella exige claridad para ver, lucidez para diagnosticar y solidaridad para actuar»[51].

 

 

Los pilares de una tradición alimentada en el Vaticano II

 

Si en un principio la idea de los promotores de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano era poner al día a la Iglesia latinoamericana a la luz del Concilio Vaticano II, el evento y los textos de Medellín irían más allá, de tal modo que no sólo se pretendió ajustar la vida de las Iglesias a los cambios conciliares (empresa que aún constituye una tarea pendiente), sino que dicho evento fue también la oportunidad para esbozar el rostro concreto que debería asumir la Iglesia en América Latina para ser efectivamente «signo e instrumento» de salvación, así como para insertar a la Iglesia como pieza fundamental en los procesos de cambio social que experimentaba en esa época el continente.

 

Lo mismo que el Concilio representa para la Iglesia en el mundo, ha significado Medellín para la Iglesia en América Latina, ya que ella se propone aterrizar las intuiciones y los ejes fundamentales del Vaticano II en el propio contexto continental. Medellín da a la Iglesia latinoamericana una palabra propia, una fisonomía autóctona, lo que lo constituye en fuente inspiradora y programática de las Iglesias locales. La autoconciencia de la Iglesia, en estrecha fidelidad a las intuiciones básicas del Concilio Vaticano II, fue resorte propulsor de una misión en perspectiva profética y transformadora, engendrando en el continente lo más precioso que tenemos la «Iglesia de los pobres» es la «Iglesia de todos». Estos siguen inspirando el discipulado y la misión, en un continente donde la vida está cada vez más amenazada por señales de muerte nacidas de un modelo social excluyente, frente al cual se levanta la tradición profética latinoamericana.

 

En Medellín se escuchó el grito sufriente de los pobres, denunciando el cinismo de los satisfechos. Es así que esta tradición latinoamericana, nacida en Medellín, no es propiamente algo nuevo, sino consecuencia y desdoblamiento de las intuiciones del Concilio Vaticano II en el contexto propio. Más que un documento, es un horizonte abierto a esperanzas y realizaciones, en especial para la misión evangelizadora.

 

 

Un documento Clave «Gaudium et Spes»

 

Si bien es cierto, la Conferencia de Medellín tuvo una fuerte inspiración de los documentos conciliares del Vaticano II, será la Constitución Pastoral Gaudium et Spes el documento clave del desarrollo y la inspiración para dar respuestas concretas, por medio de acciones pastorales a las grandes interrogantes de la acción de la Iglesia en este continente que cada vez se ve empobrecido y marginado del mundo entero.

 

Basta hacer un pequeño recorrido por las conclusiones de Medellín, para darnos cuenta el influjo que la Gaudium et Spes ha tenido en dicha elaboración teológica pastoral, así observando las referencias desde donde los diferentes documentos de Medellín recogen su fundamentos para acompañar en este proceso de transformación iluminados por las exigencias del Evangelio, podemos decir que, de las 311 notas podemos encontrar que 245 hacen referencia a los diferentes documentos conciliares[52], así como 39 referencias a las últimas encíclicas sociales[53].

 

Junto a este documento clave, encuentra también su lugar en el pensamiento teológico latinoamericano la Constitución Dogmática Lumen Gentium; ellos serán los que a lo largo de los 16 documentos de Medellín fundamentarán las opciones pastorales de la Iglesia de América Latina. Sin embargo, ante esta nueva perspectiva de Iglesia comunión que declara el Concilio, la Iglesia latinoamericana quiere acercase al hombre, especialmente al que sufre pero que vive en medio de una ideologías contrarias al Evangelio, es por ello, que la Iglesia de este continente se presenta como servidora del hombre y quiere acercarse a la población en el diálogo abierto y sincero, que declara la Gaudium et Spes. Es en este sentido, que esta Constitución pastoral será la clave en el desarrollo de las diversas sesiones de la Conferencia.

 

La Gaudium et Spes en su parte doctrinal afirma que la dignidad de la persona se funda en que el hombre ha sido creado a imagen de Dios y por ello subraya la dimensión comunitaria de la humanidad, delineando la actividad del género humano en el mundo, para finalizar en la acción de la Iglesia con respecto al mundo actual. En la segunda parte de esta constitución se desarrolla los problemas actuales del mundo, como son de la familia, de la cultura, de la vida social, política y económica, la paz y la cooperación internacional que son tareas que compete a todos los miembros de la Iglesia y por la que deben de asumir su responsabilidad en la construcción de un mundo nuevo.

 

En esta perspectiva, Medellín quiere presentar al mundo latinoamericano esta recepción de Vaticano II en el contexto de América Latina, iluminados por los documentos conciliares, especialmente por la Gaudium et Spes, en la que los obispos, reunidos en asamblea colegiada, presentan sus orientaciones de una forma concreta para la puesta en marcha de esta renovación de la Iglesia. Así, los documentos emanados de esta Conferencia están agrupados en tres grandes partes, la primera sobre la Promoción Humana, la segunda a cerca de la Evangelización y Crecimiento en la Fe y finalmente la tercera en el marco de la Iglesia Visible y sus Estructuras.

 

 

La Esperanza una característica fundamental en América Latina

 

Esta Iglesia latinoamericana ofrece un rostro peculiar, que se siente particularmente enviada a evangelizar a los pobres. De allí que Medellín quiso decir su palabra haciendo una opción privilegiada en su pastoral, y que esta opción no es otra que el compromiso profético que Jesús manifestó en la Sinagoga de Jerusalén: «el Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc. 4,18-19).

 

Este continente es un continente mayoritariamente joven y reclama una Iglesia con una experiencia fecunda de la fuerza del Espíritu, con una vocación específica de dar testimonio de la esperanza. Sobre todo, por tratarse de un continente que quiere vivir una historia de la salvación, a pesar de ser sacudido y tentado por la desesperación y la violencia. Es en medio de esta realidad que Medellín habla de una Iglesia que se apoya en la fuerza del Señor de la Historia, con una capacidad liberadora para construir un mundo nuevo, llevándola a una transformación profunda por medio del amor y en la capacidad de crear vínculos fraternos.

 

Serán los Papas[54] quienes pondrán sus expectativas en esta región continental, es por esta razón se le denomina «el continente de la esperanza», una  esperanza que no sólo concierne a la Iglesia sino a toda América y al mundo entero[55].

 

Medellín afirma que en América Latina se está viviendo un nuevo tiempo y sobre el cual Dios ha proyectado una gran Luz que resplandece en el rostro rejuvenecido de su Iglesia, es así que en este continente es la hora de la esperanza,

 

«por eso que la catequesis actual deberá asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy a fin de ofrecerle las posibilidades de una liberación plena, las riquezas de una salvación integral en Cristo, el Señor, pues las situaciones históricas y las aspiraciones auténticamente humanas forman una parte indispensable del contenido de la catequesis» (Medellín 8,5).

La recepción creativa del Concilio en Medellín

 

América Latina no quedó ajena a este proceso, sino que buscó vivir el nuevo espíritu del Concilio desde la realidad del continente, sus luchas y sus esperanzas. Si Roma (siguiendo la expresión del Papa Juan XXIII) tuvo que abrir las ventanas para que entrara el aire fresco a renovarla, América Latina tuvo que abrirlas en medio de una tormenta. Tal tarea correspondió a la Conferencia de Medellín, porque «nacida del impulso del concilio y marcada por el momento histórico del continente, ella se propuso considerar la realidad humana y social de estas tierras, reflexionar y dar pautas para el anuncio del evangelio en ellas, a la luz del mensaje conciliar»[56].

 

Así esta Conferencia enfrentó la realidad latinoamericana bajo el lema «La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio». La situación del Continente distaba mucho de ser tranquila[57]. A nivel más interno, se enfrentaba la Iglesia latinoamericana a la tensión entre los conservadores, que se resistían a la renovación conciliar, los que buscaban vivir el espíritu del Concilio y los que querían ir más allá, implicándose en los movimientos de liberación del continente[58], a imitación de la revolución cubana.

 

La fuerza de Medellín radica en la osadía de haber hecho una «recepción creativa» del Concilio Vaticano II en América Latina, tarea asumida también por las Conferencias posteriores. Para Medellín, no se trataba simplemente de implementar el Concilio, sino de recibirlo de manera contextualizada, buscando ubicar a la Iglesia en la actual transformación de América Latina. El tiempo se haría cargo de mostrar que se trataba de una aventura llena de riesgos y conflictos, y, sobre todo, de resultados tan prometedores que de alguna manera fueron rescatados y reimpulsados por la reciente Conferencia de Aparecida. En otras palabras, en la fidelidad a las intuiciones y a los ejes fundamentales del Concilio, con Medellín hubo «encarnación» haciendo que el Concilio sea especialmente un punto de partida. Con Medellín, comienza para la Iglesia de América Latina el proceso de construcción de un rostro y una palabra propios, «un nuevo período de su vida eclesiástica»[59].

 

Nuestro propósito no es abordar la Conferencia de Medellín y sus conclusiones. Vamos a acercarnos a dicho evento limitándonos a señalar lo que se relaciona con la misión evangelizadora a la luz del Concilio Vaticano II, concretamente en su perspectiva de diakonía en la historia, desde la óptica de los pobres, que es su característica más original.

 

 

Los aportes principales de Medellín

 

Medellín es un aporte muy trascendental para la vida eclesial en la que tomó decisiones importantes. Algunas de ellas, creo que son irrenunciables porque forman parte de la genuina y sana tradición de la Iglesia de América Latina y que se han mantenido y reforzados en las Conferencias posteriores. En el presente estudio, mencionaremos aquellas opciones básicas y fundamentales en la vida eclesial latinoamericana y que son, hasta nuestros días, las opciones pastorales de una Iglesia misionera que se acerca a los pobres para una evangelización en la búsqueda de una promoción humana y un crecimiento de la fe.

 

 

Los grandes ejes del Documento

 

En Medellín no se elaboró un solo documento final, como ha sido la tradición de las últimas Conferencias, en ella se elaboraron 16 documentos que unidos forman un conjunto de acciones que «toca asimilar el espíritu, profundizar las conclusiones, aplicar lo resuelto»[60], por lo que «la respuesta exige profundidad en la oración, madurez en las decisiones, generosidad en las tareas»[61]. En este sentido, el documento final está articulado en tres grandes ejes, en los cuales se agrupan los diferentes documentos de Medellín.

 

Primer eje: Promoción Humana.

  1. Justicia.
  2. La Paz.
  3. Familia y Demografía.
  4. Educación.
  5. Juventud

 

Segundo eje: Evangelización y Crecimiento en la Fe.

  1. Pastoral Popular.
  2. Pastoral de Élites.
  3. Catequesis.
  4. Liturgia.

 

Tercer eje: La Iglesia Visible y sus Estructuras.

  1. Movimientos de Laicos.
  2. Sacerdotes.
  3. Religiosos.
  4. Formación del Clero.
  5. La Pobreza de la Iglesia.
  6. Pastoral de Conjunto.
  7. Medios de Comunicación Social.

 

Todos los documentos tienen el mismo método que ya se ha mencionado[62].

 

 

Las opciones básicas de Medellín

 

El documento final ha sido calificado de «profético», ya que supo captar la realidad del continente y dar una lectura y respuesta desde la fe en Jesús en su contexto. De hecho estas opciones y otros temas, como el de la dimensión política de la fe y la relación entre desarrollo y salvación, serían por los que Medellín llegaría a ser reconocido y recordado en la posteridad y, a partir de las cuales nacería la teología de la liberación. Entre las principales opciones o aportes son los siguientes:

 

 

Una Iglesia Profética-Misionera

 

El conjunto de las opciones de Medellín configuran una Iglesia profética[63] que anuncia una sociedad solidaria y fraterna, en medio del cual «se presente cada vez más nítido en Latinoamérica el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo hombre y de todos los hombres» (Medellín 5, 15). Medellín considera que «en relación con los signos de los tiempos, la evangelización no puede ser atemporal ni ahistórica», sino que debe «realizarse a través del testimonio personal y comunitario que se manifestará, de modo especial, en el contexto del compromiso temporal»[64]. Toca a la evangelización «explicitar los valores de la justicia y la fraternidad, contenidos en las aspiraciones de nuestros pueblos, en una perspectiva escatológica» (Medellín 7, 13). Esta búsqueda será la base de la opción por los pobres[65] que hace de la diakonía un servicio profético, por lo que se verá a la Iglesia como comunidad, enteramente misionera[66], en tal sentido, la evangelización implicará la «formación de una fe personal, adulta, interiormente formada, operante y continuamente confrontada con los desafíos» (Medellín 7,13), sin embargo, es preciso «asegurar una seria evangelización personal y comunitaria» (Medellín 6,8) porque «Dios no quiso salvarnos individualmente, sino constituidos en comunidad» (Medellín 6,13).

 

 

La Iglesia Pueblo de Dios[67] es la Iglesia de los Pobres

 

La segunda opción hace referencia a la opción por los pobres. La herencia más sagrada de Medellín es la opción por los pobres, directa, simple, sin adjetivos porque «la promoción humana será la perspectiva de nuestra acción en favor del pobre, respetando su dignidad personal y enseñándole a ayudarse a sí mismo» (Medellín 14,11). Por lo que ésta opción consiste en hacer del pobre no un objeto de la caridad, sino el sujeto de su propia liberación, tocando los diferentes campos de la vida interna y externa de la Iglesia, por lo que nada de la vida eclesial se excluye a esta opción básica; es por eso que «la pobreza de la Iglesia debe ser signo y compromiso de solidaridad con los que sufren» (Medellín 14,7)[68].  En este sentido, Medellín opta por el ser humano, en primer lugar por los pobres[69] que son los preferidos de Dios, pues se trata de promover la fraternidad de todo el género humano, para que «la Iglesia en América Latina sea evangelizadora de los pobres y solidaria con ellos, testigo del valor de los bienes del Reino y humilde servidora de todos los hombres de nuestros pueblos» (Medellín 14,8). Es por ello que más que un trabajo prioritario es una posición que nos lleva, a partir del pobre, en promover un mundo que sea para todos.

 

 

Opción por la Liberación

 

La tercera opción tiene que ver con el tema de la liberación, amplia y profundamente entendido, que se articula con la anterior, sin identificarse totalmente con ella. Consiste fundamentalmente en orientar la opción por los pobres en la línea de su promoción humana, a saber, la liberación integral[70]. Si los cambios sociales y políticos no van acompañados de una conversión de corazón y un cambio de mentalidad, nunca se podrá alcanzar una liberación verdadera porque «no tendremos un continente nuevo sin nuevas y renovadas estructuras» (Medellín 1,3), y sin «el desarrollo integral de nuestros pueblos» (Medellín 1,5). Por tanto, la misión implica «asumir totalmente las angustias y esperanzas del hombre de hoy, a fin de ofrecerle las posibilidades de una liberación plena» (Medellín 8,6) con «el desarrollo integral del ser humano y el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas» (Medellín 2,14a). La liberación integral de toda la persona y de todas las personas orienta también la misión al ámbito de las estructuras y las instituciones, ya que «como toda liberación es ya un anticipo de la plena redención de Cristo, la Iglesia de América Latina se siente particularmente solidaria con todo esfuerzo educativo tendiente a liberar a nuestros pueblos» (Medellín 4,9)[71].

 

 

Opción por la Comunidades Eclesiales de Base

 

La cuarta opción presenta oficialmente en la vida de la Iglesia latinoamericana a las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). La opción por los pobres y por la liberación encontró en las CEBs la «nueva manera de ser Iglesia». Son anteriores a Medellín, pero allí recibieron su carta institucional y su mejor configuración, en la que son «el primer y fundamental núcleo eclesial, la célula inicial de estructuración eclesial» (Medellín 15,10). Con ello, Medellín apostaba por una nueva estructura de Iglesia, más comprometida en lo social y lo político, más participativa y fraterna porque son el «rostro de una Iglesia pobre» (Medellín 15,10). Las CEBs son comunidades cristianas pequeñas, de dimensión humana, que permiten la ministerialidad y la corresponsabilidad de todos reunidas en torno a la fe y al compromiso social y político, particularmente a favor de los pobres. Para Medellín, la forma más adecuada de lograr una verdadera vivencia de la fraternidad cristiana es en el seno de las CEBs, comunidades «de apóstoles de su propio ambiente» (Medellín 7,14). La misión se inicia en la comunión de las pequeñas comunidades de fieles[72], en búsqueda de la fraternidad entre todos los seres humanos.

 

 

Educación y Juventud

 

Medellín promovió una gran renovación en el ámbito de la educación católica en América Latina, al afirmar que la educación es el medio clave para liberar a los pueblos de toda servidumbre[73], en ese sentido afirmó de que «la misma educación debe ser una educación liberadora, esto es, la que convierta al educando en sujeto de su propio desarrollo» (Medellín 4,8). Esto motivó un mayor compromiso de parte de la Iglesia y de los educadores católicos con la educación de los más pobres[74]. En este sentido llama la atención el documento sobre la Juventud, ya que en ella constata que los jóvenes son la mayoría del continente latinoamericano, y constituyen la fuerza renovadora[75] y de esperanza y de vida[76] para el mundo y para la Iglesia que se descubre a sí misma como «la verdadera juventud del mundo» (Medellín 5,10). En este sentido los jóvenes, y en general los laicos se sitúan «ante el desafío de un compromiso liberador y humanizante» (Medellín 10,2), porque lo que cuenta no es tener más, sino ser más mediante el servicio y el amor[77].

 

 

Opción por la centralidad de la Justicia Social

 

Esta opción va en concordancia con las anteriores. Evita las antiguas y tradicionales posiciones asistencialistas para despertar en el pensar teológico y en la pastoral a la realidad de la injusticia y el pecado social. Condena la violencia institucional del propio sistema y no sólo la de las guerrillas y la lucha armada. Es en este sentido el compromiso de los cristianos en la transformación del continente, que dan su aporte en las diferentes actividades del quehacer político, económico, social y cultural, a la luz de la fe y de la comunión con la Iglesia. Por lo que la construcción de una sociedad justa y solidaria, implica la opción por el lugar del pobre en la sociedad. De ahí que Medellín, afirma que «la evangelización necesita, como soporte, una Iglesia signo» (Medellín 7,13) y exhorta «a todos los que se sienten llamados a compartir la suerte de los pobres, a vivir con ellos y a trabajar con sus manos» (Medellín 14,15).

 

Para Medellín, la concepción del Vaticano II de la salvación como redención de toda la persona y de todas las personas, tuvo como consecuencia la creación de vínculos entre la evangelización y la promoción humana[78], porque «la obra divina de salvación es una acción de liberación integral y de promoción humana» (Medellín 1,4).

 

 

El Concilio y Medellín hoy en América Latina

 

La II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano constituye un hito fundamental en la historia y en la pastoral de la Iglesia en nuestra región. Los obispos se propusieron encaminar a la Iglesia hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II. De allí surgió un compromiso de renovación profunda y la necesidad de una mayor presencia y diálogo con el mundo. A la luz del Evangelio, del Concilio Vaticano II y del magisterio pontificio, la Iglesia examinó e interpretó «los signos de los tiempos» en el contexto de la América Latina que le tocó vivir. Asumió así su misión salvadora en orden a la promoción integral del hombre latinoamericano, analizó sus formas de evangelización y decidió revisar sus estructuras visibles y promover una pastoral coordinada.

Medellín dio impulso al concepto y la vivencia de la colegialidad episcopal en América Latina, comenzada trece años antes en Río de Janeiro. En este sentido, la Iglesia latinoamericana, digna heredera del espíritu del Concilio Plenario de Roma, realizado en las postrimerías del siglo XIX, fue pionera en la recuperación de esta dimensión teológica del episcopado, puesta de manifiesto expresamente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium[79]. Las siguientes Conferencias[80] continuarán las sendas de renovación pastoral de la Iglesia latinoamericana y su compromiso con la promoción humana. Medellín hizo posible que la Iglesia en América Latina tuviera un mayor reconocimiento, en cuanto a su propia identidad.

Es cierto que muchas de las disposiciones u orientaciones pastorales emanadas en la Conferencia de Medellín aún no se han puesto en marcha, ya sea por falta de decisión, ya sea por los extremismos existentes tanto al interior como al exterior de la Iglesia; sin embargo, debemos de recordar que las últimas Conferencias siempre ha tenido presente como punto de referencia tanto el Concilio Vaticano II como la Conferencia de Medellín, de ahí la importancia y vigencia hasta el día de hoy para la Iglesia de América Latina de este gran encuentro sinodal, que dan a la comunidad eclesial un caminar siempre hacia adelante retomando y actualizando, de acuerdo al contexto que se vive, tales instrucciones para la renovación de la Iglesia en este continente americano[81].

Entre aquellas disposiciones que se han destacado a lo largo de las siguientes Conferencias y que por ende siguen vigente en la reflexión doctrinal y en la acción pastoral de la Iglesia latinoamericana se puede decir que han sido la opción preferencial por los pobres, esbozado en Medellín y proclamado como acción fundamental de América Latina en Puebla, así como la opción por los jóvenes en la que Medellín produjo una renovación en la educación católica al afirmar una educación liberadora, por ser ellos la gran mayoría y que a la vez son la renovación y esperanza de la Iglesia y del continente. Así, las líneas teológico-pastorales que señala Medellín para la Iglesia ahora son asumidas y actualizadas, buscando concretarse con una misión continental[82] y convocando para ello a todos a la llamada nueva evangelización. Una Iglesia que reaviva el impulso de los orígenes y de se deja impregnar por el Pentecostés[83] que ha significado el Concilio en la Iglesia, y en nuestra tierra Medellín.

 

 

Conclusión

 

Parafraseando la invitación del Concilio Vaticano II, de volver a las fuentes, es necesario en este sentido para nuestra vida eclesial latinoamericana, que hoy más que nunca volvamos a leer e interpretar las conclusiones de Medellín; porque la tarea de realizar la renovación eclesial, que trajo el Concilio, urge con mayor razón la necesidad de retomar los puntos fundamentales de Medellín, porque ella es y será el punto de partida de la vida de la Iglesia de esta región de acuerdo a las disposiciones del Vaticano II.

La visión preclara que tuvieron los pastores en ese contexto, nos reclaman hoy a asumir los desafíos de una Iglesia misionera y profética en medio de nuestro continente, hay mucho por hacer en este continente de la esperanza, un continente que a pesar de que el número de los creyentes se ha ido reduciendo, y por ello debemos de hacer nuestra propia autocritica, Medellín sigue siendo actual en su reflexión y una guía para vivir nuestro cristianismo. Los documentos de aquella Conferencia nos impulsan a trabajar por un mundo cada vez más justo, creando puentes para la unidad y la paz entre los hombres que son hermanos.

Estamos conscientes de que el ámbito en que se desarrollaron el Concilio Vaticano II y la II Conferencia de Medellín, al cual quisieron dar respuestas, no es el mismo de hoy, pero después de 40 años de aquella Asamblea Latinoamericana, podemos ver con esperanzas que hay un porvenir en donde la Iglesia siendo servidora de los hombres, se presente como Pueblo de Dios y comunión de los hermanos; así la irrupción del Evangelio en esta zona mundial resurgirá y se hará presente en este nuevo siglo.

Dicen los expertos, que la mayoría de las disposiciones del Vaticano II aún no se han puesto en práctica, y más aún hay que tener presente que otros Concilios han tardado casi un siglo en ser asimilados, pero concordamos en ese sentido con la afirmación de N. Tanner que «el Vaticano II, que es, sin duda, el acontecimiento eclesial más importante del siglo XX, ha de mostrar sus efectos todavía a lo largo del siglo XXI»[84], parafraseándolo podríamos decir que Medellín es para América Latina el acontecimiento eclesial y que seguirá presente en la acción de la Iglesia de esta región aún en el siglo presente.

 

Fr. Mirko Fredy García Valladares, O. de M.

Licenciado en Ciencias Religiosas

Pontificia Universidad Católica de Chile

Licenciado en Teología Dogmática

Pontificia Universidad Gregoriana

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

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CELAM, V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Aparecida: Documento conclusivo, Centro de Publicaciones del CELAM, Bogotá, 20083, 315 pp.

 

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LANDÁZURI RICKETTS, J., «A 40 años de Río de Janeiro», BEC [on line], http://multimedios.org/titulos/d001155.htm

 

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TANNER, Norman P., Los Concilios de la Iglesia, BAC, Madrid, 2003, 139 pp.

 

RUÍZ ARENAS, O., «La Pontificia Comisión para América Latina. 50 años», Revista Medellín vol. XXXIV – n° 134 (junio 2008), 349-370 pp.

 

 

[1] Medellín, Introducción 8.

[2] Juan XXIII, Radiomensaje «Ai Fedeli di tutto il mondo un mese prima dell’inizio del Concilio Ecumenico»,  en Giovanni XXIII, Tutti i principali documenti, 648. Cf. G. ALBERIGO, Breve historia del Concilio Vaticano II (1959-1965), 39.

[3] Entre ellos podemos enumerar los Concilios Limenses: I en 1551, II en 1567-1568, III en 1582-1583, IV en 1592, V en 1601 y VI en 1772, y los Concilio Mexicanos: I en 1555, II en 1564 y III en 1585 celebrados en la Ciudad de México. También podemos incluir en esta relación el Concilio Plenario Latinoamericano celebrado en Roma en 1899.

[4] Cf. J. LABOA, Atlante dei Concili e dei Sinodi nella storia della Chiesa, 178-185.

[5] Cf. J. LANDÁZURI RICKETTS, «A 40 años de Río de Janeiro», http://multimedios.org/docs/d001155/

[6] A. SAMORÉ, «Discurso en la inauguración de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano», en La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, t. I Ponencias, 57.

[7] Cf. N. TANNER, Los Concilios de la Iglesia, 107. Podemos también leer el testimonio que da Giuseppe Alberigo cuando al escribir su libro Breve historia del Concilio Vaticano II (1959-1965), en el prólogo menciona la expectativa y el interés como también de sus preocupaciones, 9-10.

[8] J. LABOA, op. cit., 215.

[9] Así ya lo expresaba el Papa Pablo VI en un discurso a los obispos latinoamericanos, que participaban en Roma con ocasión del Concilio, reunidos con motivo del X Aniversario de la creación del CELAM.

[10] Cf. O. RUÍZ ARENAS, «La Pontificia Comisión para América Latina. 50 años», Revista Medellín vol. XXXIV n° 134 (2008), 351.

[11] RÍO DE JANEIRO, «Declaración de los Cardenales, Obispos y demás Prelados representantes de la Jerarquía de América Latina reunidos en la Conferencia Episcopal de Río de Janeiro», 20-22.

[12] Cf. J. LABOA, op. cit., 214.

[13] G. ALBERIGO, Breve historia del Concilio Vaticano II, 191.

[14] Ibíd., 196.

[15] No sólo al interior de la Iglesia sino que fuera de ella atraería este interés amplio, así decía el Papa Juan XXIII en su discurso de clausura del primer período conciliar cuando dirige su agradecimiento a los representantes de los países que «los hombres de nuestro tiempo han contemplado con admiración el comienzo de este Concilio ecuménico». Cf. H. JEDIN, Breve storia dei Concili, 208-216.

[16] Juan XXIII, «Discurso en la clausura de la primera sesión del Concilio Vaticano II», en R. BLÁZQUEZ PÉREZ ed., Concilio Vaticano II; pp. 1102.

[17] N. TANNER, op. cit., 123.

[18] Cf. R. BLÁZQUEZ PÉREZ ed., Concilio Ecuménico Vaticano II, XXV-XXVIII.

[19] Cf. Ibíd., XXVIII-XXXI.

[20] G. ALBERIGO, op. cit., 191-192.

[21] Ibíd.

[22] Cf. H. JEDIN, op. cit., 268-270.

[23] Cf. LG 48.

[24] X. ALEGRE – al., «¿Qué pasa en la Iglesia?», CJ cuadernos 153 (2008), 12.

[25] Cf. J. LABOA, op. cit., 212.

[26] Cf. X. ALEGRE – al., op. cit., 12.

[27] Es cierto que el Concilio Vaticano II, ha dado un mayor aporte en la reflexión teológica, sin embargo, creo conveniente para nuestro estudio resaltar aquellos puntos que, de una u otra manera, han impregnado en la reflexión teológica latinoamericana y han ayudado en la definición del ser y quehacer de la Iglesia en este región continental.

[28] Cf. SC 1.4.

[29] Cf. SC 34-35.

[30] Es importante mencionar, como dice Norman Tanner, que el Concilio en la Constitución Lumen Gentium «en vez de comenzar con el papa y proseguir descendiendo, el enfoque es más humilde y más “desde abajo”. En los dos primeros capítulos, se define la Iglesia, ante todo, como un misterio y como Pueblo de Dios. Después, en el capítulo 3, aparece la Iglesia jerárquica del papa y los obispos, […] y situados al servicio de la comunidad cristina», op. cit., 112-113.

[31] Cf. LG cap. IV.

[32] Cf. AG 2, cf. LG 17.

[33] En este punto de las opciones básicas que el Concilio ha realizado, creemos conveniente tener presente no sólo la relación de la Iglesia Católica con las otras Iglesias y movimientos cristianos, sino también con la relación con las otras iglesias o religiones no cristianas y con el mundo entero. Así se puede tener presente los siguientes documentos conciliares, como son: el Decreto «Unitatis Redintegratio» y las Declaraciones «Nostra Aetate» y «Dignitatis Humanae».

[34] Cf. A. GONZÁLEZ MONTES, «Decreto sobre el Ecumenismo. Introducción», en R. BLÁZQUEZ PÉREZ ed., Concilio Ecuménico Vaticano II, 913.

[35] Cf. J. LABOA, op. cit., 214. Al hacer la presentación del documento final, el CELAM recuerda que «que ha tenido a su cargo la preparación de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en su parte organizativa y técnica».

[36] Cf. Pablo VI, «Esortazione pastorale per il lavoro apostolico nell’America Latina», en Insegnamenti di Paolo VI, III (1965), 659.

[37] Entre las principales reuniones del episcopado latinoamericano u órganos del CELAM que influirán de manera decisiva en la preparación de la Asamblea de Medellín destacan las siguientes: – Baños (Ecuador), del 5 al 8 de junio de 1966. Encuentro Episcopal Latino-Americano sobre temas de educación, apostolado de los laicos y acción social. – Mar de Plata (Argentina), del 11 al 16 de octubre de 1966. X Asamblea Ordinario del CELAM sobre el desarrollo y la integración latinoamericana. – Buga (Colombia), del 12 al 18 de febrero de 1967. I Encuentro Latinoamericano de Universidades Católicas, sobre la misión de la universidad católica en América Latina. – Melgar (Colombia), del 20 al 27 de abril de 1968. I Encuentro Latinoamericano en territorios de Misión, sobre pastoral misionera. – Itapoan, Salvador (Brasil), del 12 al 19 de marzo de 1968. Complementario de la reunión de Mar de Plata con el tema Pastoral Social de la Iglesia. – Medellín (Colombia), del 11 al 18 de agosto de 1968. Sobre Catequesis.

[38] Pablo VI, op. cit., 659.

[39] Cf. J. LABOA, op. cit., 214.

[40] Cabe mencionar que los laicos fueron muy pocos, y escogidos entre los consagrados a movimientos apostólicos solamente, situación que ya sería criticada en ese momento. Por otra parte, cabe destacar que por primera vez en una reunión oficial del episcopado en América Latina, se contó con la presencia de once observadores no-católicos, hecho que destacará no sólo, porque en Río de Janeiro no asistió ningún no-católico, sino porque en las siguientes el número fue decreciendo (cinco en Puebla y tres en Santo Domingo), mientras que en Aparecida aumentó a ocho. Además su presencia en la II Conferencia no se redujo a su asistencia a los plenarios, como originalmente se había previsto, sino que les fue autorizado asistir a comisiones y subcomisiones (reglamento, art. 20, e).

[41] Pablo VI, op. cit., 654.

[42] Cf. Pablo VI, op. cit., 656.

[43] Pablo VI, op. cit., 656.

[44] Pablo VI, op. cit., 667.

[45] Cf. Pablo VI, op. cit., 666.

[46] Así se refiere Gustavo Gutiérrez al afirma que Medellín «nacida del impulso del concilio y marcada por el momento histórico del continente, ella se propuso considerar la realidad humana y social de estas tierras, reflexionar y dar pautas para el anuncio del evangelio en ellas, a la luz del mensaje conciliar», en Páginas vol. XXXIII n° 210 (2008), 6.

[47] Cf. J. LABOA, op. cit., 214.

[48] Cf. Pablo VI, op. cit., 657.

[49] En el discurso a los obispos latinoamericanos con motivo del X aniversario del CELAM, el Papa Pablo VI ve con mucha preocupación la carga dañosa que el «mesianismo» social que propugna el marxismo prepara la revolución violenta como única solución a los problemas. Cf. Pablo VI, op. cit., 656-657.

[50] Cf. Medellín, «Mensaje a los Pueblos de América» 3.

[51] Medellín, «Mensaje a los Pueblos de América» 3.

[52] De ellos, 49 son de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, 41 de la Constitución Sacrosanctum Concilium, 36 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, 30 del Decreto Presbyterorum Ordinis, 24 del Decreto Optatam Totius, 12 del Decreto Christus Dominus, 11 del Decreto Perfectae Caritatis, 9 del Decreto Apostolicam Actuositatem, 9 del Decreto Inter Mirifica, 9 del Decreto Ad Gentes, 7 de la Declaración Gravissimum Educationis, 1 de la Constitución Dogmática Dei Verbum y 1 de la Declaración Nostra Aetate, así también 6 del Mensaje del Concilio a los jóvenes.

[53] Mater et Magistra y Pacis in Terris del Papa Juan XXIII y Eclesiam Suam y Populorum Progressio del Papa Pablo VI, de esta última es la mayor referencia en los documentos de Medellín.

[54] Ya Pablo VI lo llamó continente de la esperanza hace 40 años (1968), (3 julio 1966), lo retomó Juan Pablo II refiriéndose en muchas ocasiones, una de ella fue al inaugurar la III Conferencia en Puebla (1979), de igual modo Benedicto XVI ha seguido la herencia de sus predecesores.

[55] Cf. Benedicto XVI, «Alla Vergine Santa, Madre della Chiesa, affido il viaggio apostolico che compirò in Brasile», plegaria mariana con los fieles reunidos en la Plaza san Pedro en la hora del Regina Caeli el 6 de mayo del 2007, en Insegnamenti di Benedetto XVI, III,1 (2007), 782.

[56] G. GUTIÉRREZ, «Medellín: una experiencia espiritual», Páginas vol XXXIII n° 210 (2008), 6.

[57] Son los años de la «revolución en libertad» de Eduardo Frei en Chile, del triunfo de la Revolución Cubana, de los primeros golpes militares, de la guerra de Vietnam (1968), del Mayo Francés y del fracaso de la Alianza por el Progreso del gobierno estadounidense.

[58] Basta recordar las figuras del P. Camilo Torres, quien tomó las armas y luchó junto a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional en Colombia, como también del P. Gaspar García Laviana en Nicaragua, y muchos otros que influenciados por esta actitud siguieron sus huellas.

[59] Medellín, Presentación.

[60] Medellín, Presentación.

[61] Ibíd.

[62] Ver el punto 3.3.1.

[63] Cf. Medellín 14,10.

[64] Medellín 7,13. En ese sentido «debe evitarse el dualismo entre tareas temporales y santificación» (Medellín 11,5) o la «dicotomía entre Iglesia y Mundo» (Medellín 11,6).

[65] Que luego será proclamado solemnemente en Puebla como «la Opción Preferencial por los Pobres» (cf. Puebla 1134-1165).

[66] Cf. Medellín 9,6.

[67] Cf. Medellín, Introducción, 6.

[68] Cf. G. GUTIÉRREZ, op. cit., 9.

[69] Cf. Medellín 14,9.

[70] En el lenguaje del Papa Pablo VI de la Encíclica Populorum Progressio (cf. nn° 12-21).

[71] Para Medellín «se trata de mostrar la unidad profunda que existe entre el proyecto salvífico de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del ser humano; entre la historia de la salvación y la historia humana; entre la Iglesia y las comunidades temporales, excluyendo toda dicotomía o dualismo» (Medellín 8,4).

[72] Cf. Medellín 10,7.

[73] Cf. Medellín 4,7. Cf. Medellín 4,3.8e.

[74] Cf. Medellín 4,11.18. En ello podemos leer como la Iglesia exhorta a que todos los agentes de la educación, que en el ejercicio de su vocación no exista discriminación ofreciendo las oportunidades educativas a todos los hombres.

[75] Cf. Medellín 5,1.10.

[76] Cf. Medellín 5,11.

[77] Cf. Medellín 4,4.

[78] Cf. Medellín 7,9.

[79] Cf. LG 22.

[80] La III Conferencia en Puebla (México) en 1979, La IV Conferencia en Santo Domingo (República Dominicana) en 1993 y V Conferencia en Aparecida (Brasil) en 2007.

[81] Los obispos expresaban al hablar de la juventud que ella «es un símbolo de la Iglesia, llamada a una constante renovación de sí misma, o sea a un incesante rejuvenecimiento» (Medellín, 5,12).

[82] Como fruto de la Conferencia de Aparecida, la Iglesia latinoamericana ha puesto en marcha la gran misión continental, de acuerdo a las disposiciones señaladas en dicha Conferencia. Ello abre un nuevo horizonte para la Iglesia de todo el continente que quiere recomenzar desde Cristo, recorriendo junto a Él un camino de maduración que nos capacite para ir al encuentro de toda persona (cf. Aparecida 145), hablando el lenguaje cercano del testimonio, de la fraternidad, de la solidaridad para que tengan vida en Cristo (cf. Aparecida 551). Los obispos afirmaron que «no podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés!¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, de las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y de amor, de alegría y de esperanza!» (Aparecida 548).

[83] Cf. Novo Millennio Ineunte 40.

[84] N. TANNER, op. cit., 121.

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